miércoles, septiembre 28, 2005

Rata de librería


Por Rius [1]

Puedo decir sin exagerar que hasta que llegué a la mayoría de edad, que dicen empieza a los 18 años, tuve acceso a los libros.
Antes, me la pasé encerrado en un seminario salesiano estudiando para obispo, sin libro que leer. Fuera de algunos de Julio Verne, debidamente censurados por el fundamentalismo católico, nada leí. Incluso los de Verne no los leía personalmente, pues alguien los leía en voz alta a la hora de la comida, mientras nosotros en silencio intentábamos un milagro: entender lo que nos leían y dar cuenta de la sopa de fideos. No se puede decir, pues, que leía a Verne.Saliendo del seminario, donde toda lectura no aprobada por los padrecitos estaba prohibida, tuve la oportunidad de entrar a trabajar —como telefonista— a la funeraria Gayosso, que por suertísima se ubicaba en la avenida Hidalgo, detrás de Bellas Artes, y —esto es lo más importante— era vecina de una libería que, después supe, jugó un papel muy importante en la formación de escritores mexicanos.
Me refiero a la Librería Duarte, donde Polo Duarte y su papá, refugiados republicanos españoles, habían creado una pequeña librería de segunda mano. A Polo Duarte le echo la culpa de haberme vuelto adicto a la lectura. Por su culpa he llegado hasta a robarme un libro (uno, y no lo he vuelto a hacer) de una librería que estaba en plena Alameda y que creo que se llamaba Librería de Cristal. Y me lo robé, nuevecito, porque en esos tiempos andaba yo peleándome con los centavos necesarios para comer y pagar la renta. Etcétera.
Volviendo a Polo Duarte. Vecino de la librería, contaba yo en la funeraria con exceso de tiempo libre (iba a decir “muerto”), que pasaba haciendo dibujitos sin relación alguna con la caricatura, resolviendo crucigramas o leyendo. Con Polo llegamos a un acuerdo: él me recomendaba qué leer, me vendía el libro, pero tenía yo “derecho” a cambiarlo dos veces por el mismo precio. Con esas facilidades de pago me convertí en un voraz lector. Gracias a Polo Duarte conocí y disfruté kilos de libros de autores totalmente desconocidos para mí. Supe de John Steinbeck (leí todos sus libros y todavía conservo uno muy poco conocido: En lucha incierta, que se ocupaba de las andanzas de un agitador comunista en la época de la depresión. Formidable libro. Tengo entendido que el gobierno del df lo regaló en esas colecciones de libros que coordinó Taibo II hace algún tiempo). Y junto con Steinbeck aprendí a leer a Faulkner, Dos Passos, Caldwell, hoy casi desconocido, Sinclair Lewis, Jack London, Howard Fast, Hemingway no se diga y William Saroyan, uno de mis favoritos de esos años cincuenta.
Ya encarrerado en esta lista de mis primeras lecturas, no quiero olvidar la lectura de libros de humor, fundamentales para mi futuro trabajo. Descubrir, por ejemplo, a Rubén Romero y su Pito Pérez, el mejor cronista de las costumbres michoacanas; Jardiel Poncela, el español que se reía de dios, Chesterton y Jerome K. Jerome, junto con Pitigrilli, Mosca y otro italiano del que olvido su nombre, que hizo un librito llamado Si la luna me trae fortuna, que formaban parte de una colección de humor titulada El Club de la Sonrisa.
No puedo dejar a un lado a los infaltables de esos años: Hermann Hesse y Curzio Malaparte.Con los Duarte conocí a Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Romain Rolland, al maese Voltaire, al otro ateazo que fue Bertrand Russell, que inició mis coqueteos con el ateísmo, junto con Marx. Imposible olvidar la lectura de Kazantzakis, Panait Istrati, Jorge Amado, Virgil Georgia (que la máquina ésta insiste en escribir como Georgia y no con u: Georgiu) o Hamsun, Selma Lagerloff y Bertold Brecht, que la máquina quiere a fuerza escribir como brecha, ¡computadora ignorante de mis favoritos! Hay muchísimos que leí, pero que no acabaron de gustarme y no los conservé. O se los volvía a cambiar a Polo por otros más atractivos y nuevos para mí. Por eso digo hoy que Gayosso fue mi universidad y mi kinder al mismo tiempo: ahí aprendí a leer y a disfrutar de la lectura.Luego, cuando decidí mi vida entre embalsamar muertitos o hacer monitos en los periódicos, dejé Gayosso, y la funeraria —junto con Polo Duarte— emigró a otros rumbos de la ciudad, al ser demolidos los viejos edificios de la avenida Hidalgo para dar paso al Teatro Hidalgo del imss.
Mi nueva profesión me hizo perderle la pista a Polo y dedicarme a buscar otra clase de libros que no tenían los buenos cuates refugiados: libros de caricatura. Es un género que rara vez se encontraba en las librerías. Nadie vende —casi todavía— libros de humor gráfico. Y era una verdadera monserga llegar a las antiguas librerías —mostrador de por medio— a pedir un libro de Steinberg o de los nuevos franceses como Bosc, Chaval, Dubout o Henry. Ni los conocen ni conocían. Polo Duarte me proporcionó el primer libro que hubo de Steinberg: Todo en línea. Todavía lo conservo.
Si hoy es difícil conseguir libros de caricatura, en aquellos años era imposible. Cuando trabajaba en las publicaciones de Excélsior, junto al periódico en Paseo de la Reforma, estaba la Librería Francesa. Ahí, a precios de oro, se podían conseguir los libros de los moneros franceses que vinieron a cambiar la caricatura, junto con Steinberg. Arrancado siempre, seguí leyendo y buscando libros en las tres o cuatro librerías de usado que llenaban la avenida Hidalgo. Por esos años, 1961 creo, se abrió en la ciudad la primera librería moderna en México: Zaplana.
En pleno San Juan de Letrán, (una importante avenida de la Ciudad de México, actualmente conocida como el Eje Central Lázaro Cárdenas) entraba uno a un enorme galerón lleno de mesas atiborradas de libros. Por vez primera podía uno ver personalmente los libros, sin necesidad de pedirlos al dependiente con el mostrador de por medio. Ahora, en Zaplana, podía uno hojear el libro, medio leer su contenido, ver nuevos autores, aprovechar las ofertas de libros, ¡imagínense, oferta de libros! El estilo de librería que puso Zaplana sirvió de modelo a todas las demás.
Creo que sólo los Porrúa conservan el viejo estilo, que hace que los lectores tímidos no se atrevan a pararse ni en la puerta… (me acabo de enterar que hasta Porrúa va a cambiar su estilo).Con el tiempo, la pasión se volvió adicción. Poco a poco me fui haciendo de una bibliotequita, aunque temeroso de dependerle demasiado, regalo libros que ya no me interesan y me concreto a conservar los que más me gustan. Con el trabajo de la historieta tuve que leer algo más que novelas. En Los Agachados tocaba todos los temas posibles o publicables, así que empecé a leer cosas científicas, psicología, muchísimo de religiones (creo que tengo más de cien libros dedicados a la Madre Iglesia Romana), sociología, temas ecológicos, etcétera. Me he tenido que hacer de una biblioteca de consulta, que se usa cada vez más para hacer las tareas de mi hija. Pero sigo buscando y leyendo novelas como loco, descubriendo maravillosos escritores del tipo de Nabokov o Simenon, otros dos favoritos como Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Doctorow, Doris Lessing y muchos más que da flojera escribir, porque mi máquina insiste en borrarlos o cambiarles letras.
Espero no lo haga en los casos de Benedetti o Vargas Llosa, García Márquez, Rosa Montero o Jorge Edwards, Bryce Echenique, Horacio Quiroga o Juan Villoro y la gran Poniatowska, de quienes soy fiel seguidor y leyente. Desde luego que se me olvidan un chingo y les pido perdón. Me despido, no sin antes agradecerle a Mauricio Achar (en paz descanse) sus Gandhi y sus Rebusques, sin los cuales me daría pánico acercarme a las librerías, así como a los libreros que pululan en Donceles, donde siempre encuentro maravillas en las mesas pobladas de ofertas. Muchos libros, claro, se me han perdido. Los presto cada vez igual que siempre, y por lo tanto, igual que siempre, no me los regresan. Otros se han perdido en las mudanzas, y otros más en los divorcios.
Me gusta más leer de noche, cuando puedo. A veces me siento mal por quedarme a ver una buena película, pero me consuelo pensando que a veces, muy pocas, una buena película es como un buen libro de novela negra o de aventuras, donde las descripciones literarias no importan tanto. Pero no creo que alguna vez hagan una película con un libro del maestro Cohetes. ¿Cómo que cohetes? ¿&*:%&*! computadora: ¡se escribe Coetzee! Bueno, le corto aquí a la hebra, o voy a acabar peleándome con doña Tecla, mi pc…
[1] Eduardo del Río, mejor conocido por Rius, es prolífico creador de más de 300 libros-comic que habla de temas de política, salud, historia y hasta de música. Es considerado piedra angular de la caricatura mexicana del siglo XX y es autor de las revistas Los Agachados, Los Supermachos, entre otros.